El morador de los corazones maltrechos
me alabó en una pose rígida y solemne,
y levantando las manos me ofreció su calamidad
(que no comulgaba con mi libertad de expresión).
Emprendí una búsqueda de lustros al acecho.
El infame Eros no me dejó salir indemne
contra los acólitos de su misma verdad,
espíritus con trazos de desesperación.
Mi curiosidad se materializó en alma de diablo,
como la inocencia infantil e insolente,
asomándose a la oscuridad de un abismo,
punzante como una aguja en el cerebro.
Y ahora atiende, discúlpame si te hablo...
Me da igual si sucumbe este mundo inerte,
carcomido por óxido su propio mecanismo.
Si está ya descompuesto, yo lo celebro.
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