Contra un leviatán

El escritor que por nada se abruma 
ausculta el alfabeto de su memoria,
garabatea las páginas con la pluma
y graba un pasaje para la historia:

La música desnuda en hermoso perfil
buscando un lugar donde relumbrar.
Avísame cuando lleguemos al redil,
la melodía ideal no me deja reposar.

¿Acaso puedo dormir luciendo bella la luna?
No estoy a la altura de mi ambición.
Planté desgracias, heredé hambruna,
en la desvergüenza hallé decisión.

El señor de esas tierras era un ser opulento,
me insuflaba valor la chispa de la rebelión,
rehusé comulgar con su sacramento 
y desmembré las membranas de la sedición.

Repudiar y no claudicar, está cerca mi fin,
y engalanarme con el más célebre tartán,
un llanero solitario contra un fortín,
un humilde drakkar contra un leviatán.

Desconectado

Hasta que no obtuvo la insolencia
no pudo atisbar su destino,
pero el sonido de la demencia
lo espiaba en el camino.

Gritos de derrota la noche anterior,
el silencio muerto en agria mesura,
frágiles y vacías historias de honor
en un laberinto críptico de la locura.

En un viaje hacia un interior ominoso
vislumbró una ciudad de papel maché,
no había acólitos del Gran Coloso,
no había preludios de cabaré.

Selló su ser en un cosmos falseado
con el que deseaba interferir,
vida y muerte en un solo grado,
retorno vedado tras un elixir.

Y ver pasar la vida en un destello
cumpliendo la profecía del pergamino,
con gusto ofreció su cuello
ante la inclemencia del asesino.