Me deslicé por la larga senda de hielo,
mis pisadas daban paso a la fundición.
El cielo me propuso un intercambio,
ese cielo teñido de ojos rojos me engañaba.
Mi sombra se fugó con mi más dulce pensamiento
y me dejó a solas enfrentado a esa luz.
Sentí unas manos invisibles
que oprimían mi cuello con fuerza,
no obstante, me dejaban, sin razón, respirar.
Cabalgué el caballo de ojos tristes,
dibujé al demonio de alas blancas,
descubrí una selva de arena virgen,
pero aún así, no me nombraron profeta.
Fui el némesis del amor
y por ello me negaron el entrada al cielo.
Soñé en un mundo donde el silencio
retumbaba y no me dejaba dormir,
sin embargo, solo fue un sueño.
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