El sabueso de la Muerte.

1.      Los papeles que lo cambiaron todo.  
   
Cuando murió mi abuelo no derramé una sola lágrima. A veces he pensado que no le quería demasiado pero me lo he tenido que rebatir enseguida, sí que le quería, a pesar de que estaba ensimismado a todas horas y que no supo progresar junto con la modernidad que iba avanzando, a pesar de que básicamente se quedó algo estancado en el pasado, no era excusa para no quererle.  
   
Mis abuelos se iniciaron en el matrimonio como era de costumbre en su época, de muy jóvenes, él tenía veinticuatro años y ella diecinueve, habían estado cortejándose durante cuatro años antes de dar el paso definitivo ante los ojos de Dios y de la Iglesia. Ahora yo lo consideraría demasiado prematuro, pero incluso así, tengo amigos que también se han casado jóvenes y no veo en ellos atisbo de desequilibrio matrimonial. Otros, en cambio, se han divorciado habiendo convivido juntos apenas unos pocos meses.  
   
En efecto los tiempos han cambiado mucho. Mi yaya me contó que cuando era pequeña, ella y sus tres hermanas dormían en la misma cama. El colchón que utilizaban contenía un relleno de lana de oveja, y cubriendo a las cuatro hermanas, varias mantas de un grosor considerable. Entre que no había luz eléctrica ni calefacción, era el método más eficaz para bregar contra el frío invernal, eso y que no había dinero para más. También me comentó que las calles eran de tierra y los viajeros montaban en caballo y carruajes. Hoy en día no nos entraría en la cabeza vivir de tal forma. Incluso a los trece años dejó la escuela y se dispuso a trabajar, ya no regresó más al colegio y su nuevo mundo giró desde entonces en torno a la industria zapatera, por cierto muy prolífica en su pueblo natal. Al quedarse mi abuela viuda, francamente creo que se quitó un peso de encima, pero es una opinión meramente personal, no es algo de lo que haya hablado con ella.  
   
Meses después de perecer su marido, un día cualquiera, mientras estaba recolocando unas cajas de una oscura habitación del segundo piso de su casa, una de las cajas de cartón se resquebrajó, y su contenido, papeles en su totalidad, cayó al suelo estrepitosamente adornando la habitación con una alfombra de pergaminos viejos y amarillentos. No se entretuvo recogiéndolo, por suerte para ella ese día yo tenía que ir a visitarla, en apenas veinte minutos asomé mi gran cabeza por la puerta de entrada. No es que me considere un cabezón, pero asumo que tengo una calabaza que impresiona a primera vista.  
   
El segundo piso de la casa, estructura que debe tener ya más de siglo y medio, no se había amueblado nunca, ni siquiera lo habían remodelado, la superficie del suelo era de cemento, pura y llanamente. Lo único que se podía ver si uno rotaba sobre sí mismo desde cualquier punto de ese enorme habitáculo eran trastos hacinados y cemento. Las ventanas permanecían siempre cerradas, obstruyendo casi por completo la claridad del exterior, solo dejando a la vista varios minúsculos haces de luz que indistintamente remataban su itinerario en suelo y paredes. Cada vez que ponía un pie en esa planta sentía como si me inmiscuyera gradualmente en un lienzo tenebroso de Goya, trazadas grises y negras por doquier, muchas sombras y poca luz.  
   
A lo que vamos… que me tocó a mí recolectar las cientos de hojas que había esparcidas por el pavimento.  
   
Mientras iba ordenando todo el papeleo me fui fijando en las letras que daban forma al texto escrito, en esas páginas se hablaba de un hombre, un amigo de mi abuelo llamado Jon, frase tras frase me enganché y acabé por sumergirme en una historia de más de seiscientos folios de extensión. No lo hice en un día obviamente, tardé varias semanas en liquidar aquel ejemplar. Aún doy gracias por estar las páginas numeradas.  
  
¡¿Quién coño tiene tiempo de entretenerse en escribir una historia tan larga?! ¡Y a mano! Todo un ejemplo de constancia.

Fecha del relato: 24 de Noviembre de 1965. Yo ni siquiera existía por esos entonces, ni mis padres se habían conocido todavía. Creo que en ese año nació en China el concepto de la sangrienta Revolución Cultural, y que por cierto no tiene nada que ver con este relato. Al igual que tampoco está relacionado con que aparecieran en 1965 los grupos The Doors y Pink Floyd, iconos musicales de varias generaciones.


2.      El desconocido amigo de quien nunca oímos hablar.

Poco después del día del hallazgo diagnosticaron Alzheimer a mi abuela, estuve de mal humor varias semanas y sigue sin apetecerme hablar profundamente del tema, por lo que así va a quedar, como una pincelada de poca importancia que nadie recordará en esta presentación. La historia de marras empieza así, os lo voy a leer directamente del resumen que he transcrito porque no me acuerdo de muchos de los pasajes, en el momento en que crea que deba hacer un inciso interrumpiré la lectura:

"Cuando conocí a Jon era un chico peludo en pecho y espalda, aunque empezaba a clarearle la cabeza pese a tener solamente dieciocho años. Su estatura era normal, un metro setenta y siete, era corpulento y algo entrado en sobrepeso. Su tono de voz siempre lo elevaba sobremanera, nunca supo hablar con un volumen apacible al oído. Y sus movimientos resultaban torpes y poco armoniosos, como si su función motora no ejecutara de la forma más correcta las órdenes que el cerebro profería."

Nunca antes había oído ese nombre. Tiempo más tarde se lo pregunté a mis padres y tampoco hubo respuesta positiva. Y en lo que respecta a mi abuela, por desgracia a sus ochenta y siete años la enfermedad que padecía ya estaba causando estragos en la memoria y no me sirvió de mucha ayuda para averiguar más sobre el misterioso Jon.

"A pesar de ser una persona tan tosca nunca estuvo soltero más de unos pocos meses, tuvo muchas novias pero acababa por no congeniar con ninguna de ellas. ¿Que a qué viene esto? No lo sé. Casi siempre que pienso en él le recuerdo emparejado. Igualmente, Jon era un tipo único. Le conocí la jornada en que ambos cumplíamos la mayoría de edad y fue mi mejor amigo durante muchos años. Sí, habíamos nacido exactamente el mismo día, solamente nos separaban unas horas de vida.

Sus padres murieron en un incendio siendo él muy joven así que le educó su único familiar, un tío suyo que tenía fama en el pueblo y alrededores de relacionarse con catamitas, detalle que intentó ocultar casándose con una burguesa de la vecindad, y matrimonio que perduró escasamente un año, antes de que ella también pasara a mejor vida debido a una extraña enfermedad que ningún médico supo identificar, a pesar de haber visitado a diversos doctores falleció inminentemente. Jon yuxtapuso a su carácter el modo de vida de su tío, siempre derrochador y juerguista.

Puedo afirmar que mi camarada tuvo el demérito de haberme iniciado en el alcohol y el tabaco, antes de conocerle yo no había probado esos vicios, tampoco se lo eché en cara, la verdad es que no opuse demasiada resistencia a que me pervirtiera de tal modo. Tardé más de quince años en dejar completamente de fumar, y el alcohol, pues nada, de eso no me he podido despojar a pesar de la insistencia de mi hermosa esposa. En confianza os voy a desvelar que incluso elaboro mis propios licores caseros, y además con una gran variedad de sabores, todo dependiendo de la fruta que haya disponible según la temporada: níspero, granada, higo, mandarina, y un largo etcétera. Incluso a veces me he atrevido a experimentar con hierbas aromáticas. Creo que puedo considerarme todo un experto en la materia, debo tener en la bodega alrededor de doscientas botellas de diversos licores elaborados por mis manos.

Recuerdo un día en que nos marchamos él y yo, sin compañía de mi mujer ni de su novia, a pasar un fin de semana en su casa. Tardamos en llegar en calesa unas 5 horas, el vehículo fue un regalo de Jon. La residencia de Jon estaba situada cerca de una playita donde, a ojo de buen cubero, no había espacio para más de una veintena de personas. En la parte derecha de la orilla se levantaba una casita con embarcadero, aunque nunca vimos entrar o salir a nadie ni nada de allí. A unos pocos kilómetros de la casa estaban construyendo varios edificios, hoteles, bares, restaurantes, en definitiva, todo lo necesario y destinado a la incipiente industria del turismo de la zona, directa o indirectamente. Algunas de las construcciones ya las habían terminado y el sábado por la tarde nos introducimos en el local más concurrido que encontramos abierto.

Se trataba de un bar de lo más normal pero completamente nuevo, creo que se llamaba “The Anchorage” si no voy mal encaminado, por aquel entonces yo no sabía qué significaba esa palabra ni en qué idioma estaba escrita. Las sillas y las mesas eran de madera de pino, como la barra y gran parte de la decoración del interior. No había allí más de diecisiete personas, entre ellas varias mujeres extranjeras que no dejaban de observar a los hombres que se pavoneaban ante ellas en búsqueda de algún roce erótico. Todas ellas eran rubias y relativamente altas, más que el resto de personas que se habían congregado en aquel establecimiento. Me pregunté si la altura debía tener algo que ver con la naturaleza del país de donde provenían aquellas mujeres, o si simplemente era cosa del azar.

En un alarde de masculinidad, Jon se expuso ante ellas como si quisiera venderse a toda costa. Y estableciendo una relación causa-efecto evidente, en una vorágine de testosterona e improperios, varios sementales acabaron por enzarzarse en un pelea callejera. Mientras aquellos machos se disputaban con puños y sangre la posibilidad de introducirse en el íntimo interior de alguna de las forasteras, Jon, haciendo uso de su pillería, huyó por la puerta trasera con tres de las mujeres. Y aunque me invitó a tomar parte de la bacanal que tuvo parte después, no pude hacer otra cosa que rechazar el obsequio pensando que nada valía más la pena que dirigir todo mi amor y sentimiento hacía la única mujer a la que he querido en mi vida, mi honesta y devota esposa, ni siquiera tuve que convencerme a mí mismo, inocentemente surgió de aquel modo. Así pues, después de escribirle una nota a Jon y que dejé colgada en la puerta de entrada de su casa, me dirigí a mi hogar antes de que el fin de semana se pudiera considerar concluido. El trayecto de vuelta me ocupó 1 hora más de duración, en total 6 horas de camino, este ligero aumento se debía a que el itinerario de regreso tenía cierto desnivel en contra.

Jon era una persona con la que nunca te aburrías, nos pasábamos horas conversando sobre temas varios e inconexos, y riéndonos sin parar. Lamentablemente, para desgracia de mi compañero de aventuras, no tuvo una existencia corriente, más que nada debido a una fastidiosa y extravagante aptitud que descubrió, y que le persiguió hasta el mismísimo nicho: Jon podía oler a la Muerte".

Quizás os lo he resumido en exceso, en realidad, lo que han sido un par de párrafos para vosotros, en la narración de mi abuelo se alargaba bastante más. Lo que os iba a comentar es que en este punto me entraron ganas de dejar de leer, nunca me han gustado las historias fabulosas. Estaba claro que lo que a Jon le ocurría no podía ser real.


3.      El olfato disfrazado de agorero.

"Desde que fui consciente de mi existencia hasta hace algunos años aún creía en Dios. No puedo concretar el momento en que dejé de hacerlo pero ahora no creo en nada que implique la existencia de un ser supremo considerado creador del universo. Ya no existen deidades que no sean de carne y hueso en mi mundo. Hay que ver cómo pueden cambiar las opiniones o las creencias de las personas. De tener una fe ciega en Dios e Iglesia, ahora los repudio como repudiaría a cualquier charlatán que vendiera algún tipo de bálsamo mágico, cura de todo mal. El temor que me implantaron para tener fe no hizo si no incrementar el posterior rechazo a un fraude inculcado desde la más tierna infancia. Es lo que ocurre cuando un pilar básico de tu vida se derrumba ante la corrosión de la falacia admitida, te vuelves en contra como el peor de sus enemigos.

Cada vez que alguien debía recibir la visita de la Parca y Jon estaba relativamente cerca, podía sentir un olor inconfundible, ese aroma no era perceptible para el resto de hombres y mujeres, era el único que podía notar la corrompida fragancia de la nada agradable aniquiladora de almas. Nunca pudo demostrar cuál era el rango de alcance de su habilidad pero él confirmaría que se acercaba a los mil metros a la redonda.

Jon recordaba que, desde pequeño podía sentir una presencia extraña, pero no fue hasta pasada la adolescencia, aproximándose ya a los veintidós años, cuando por fin fue conocedor de lo que significaba percibir ese leve y pútrido hedor. De niño, uno no es consciente de muchas cosas, en conjunto desconoces el riesgo que entraña la vida, como el que corres al saltar valientemente de una altura demasiado elevada o como cuando trepas hasta la última rama del árbol más prominente solo para competir con los compañeros de clase. Incluso en pubertad y adolescencia los peligros se enmarañan en confusión. Ya de adulto te lo tomas todo con más calma, e incluso te sorprendes de la temeridad juvenil que tanta adrenalina te suministró en su momento".

¡Qué razón tenía mi abuelo en este asunto! No se la podría quitar por mucho que me hubiera esforzado. De adolescente se lo hubiera rebatido sin argumentación alguna, probablemente gritando absurdamente. Como si elevar el vigor de mi tono de voz me otorgara más razón. La insensatez juvenil contra la precavida perspectiva de la madurez. 

No existía una información masiva en aquellos tiempos, no era como ahora que nos sobran noticias. Bueno, en realidad sobran noticias malas y escasean las alegres. Ojalá llegue el día en que se invierta la proporción. De momento me conformo con poder aprovechar mi vida al máximo, lo que hagan los demás me la trae un poco floja, pero una cosa tengo clara: cuanta más gente sea feliz más fácil será para mí convivir con ellos.


4.      El secreto expuesto.

"Jon nunca se casó. Jon empezó a tener un semblante triste. Jon ya no era el mismo".

Esta afirmación me causó gran inquietud, había consumido más de la mitad de la narración y cada día que transcurría, más horas dedicaba a su lectura, la expectación era máxima. No os quejaréis del resumen que estoy haciendo, sinceramente me lo podríais agradecer al terminar. Aceptaré que me invitéis a unas cervezas o unas copas en el bar de la esquina si os parece bien.

"Lo peor de esta maldición es que cada vez que Jon sentía los presagios, imaginaba que podría ser él mismo el que pereciera, o quizás alguien muy cercano a él. Fue algo que le causaba una angustia desmesurada.

Poco a poco se volvió huraño. No salía de su casa y no dejaba que nadie fuera a visitarlo, ni siquiera yo volví a verle o a saber de él en meses. Más adelante, debido a la distancia que separaba nuestros hogares y de que mi mujer no pasó por una época demasiado alegre, los meses se convirtieron en años, hasta que poco a poco fui olvidando las peculiaridades de su rostro.

Cuando se acercaba el día en que ambos debíamos cumplir cuarenta años recibí una llamada inesperada. Era el abogado de Jon. En pocas palabras, y sobre todo con una carencia absoluta de tacto, me contó que Jon se había suicidado y que me dejaba como herencia todas sus posesiones. Jon falleció sin familia, completamente solo. Me sentí bastante mal por haberle relegado a un segundo plano de mi vida, no fue algo que hiciera a propósito, pienso que dos personas pueden ser igualmente compañeras incluso sin hablarse en años o sin verse a menudo. Está claro que cuando vuelves a reunirte, al principio puede aparecer cierta desconfianza, después de tanto tiempo es normal, sin embargo, en breve vuelve a emerger la amistad latente en tu interior. Me consuela saber que Jon pensaba igual que yo, fue una conversación que tuvimos en varias ocasiones.

Me solía imaginar a mi amigo charlando amistosamente con la mismísima Muerte sobre ese don adquirido justo antes de que lo remolcara para siempre al mundo de los exánimes. A veces me descubro preguntándome si la Muerte debió pedirle por favor que bajara la voz, o si Jon la zarandeó por no estar de acuerdo con ella en algo. Aún ahora me resulta gracioso proyectarlo en mi mente".

La verdad es que me sorprendió la capacidad de mi abuelo para escribir historias, tenía gracia relatando. Como él estaba siempre ensimismado nunca tuve la iniciativa de conocerle más profundamente. Craso error, ahora creo que podría haber aprendido mucho de él, pero claro está que ya es demasiado tarde. ¿Cuántas personas habrá en el mundo con historias tan increíbles? ¿O cuantos nietos o hijos habrán ignorado a sus antecesores, desperdiciando de esa manera fatal la posibilidad de conocer mejor a las personas que más les quieren? En este momento me da un poco de rabia, pero se me pasará enseguida, seguro.

"Jon jamás se lo contó a nadie más que no fuera a mí, su mejor amigo, fue un secreto exclusivo, nunca le pareció conveniente que nadie más se enterase de ello, ni siquiera cuando solo era un niño que no entendía bien lo que ocurría a su alrededor. Yo tampoco fui capaz de exteriorizar su confidencia, la escribí confiando en que cuando muriera, esta historia y mi amigo no quedarían en el olvido para siempre".

Y heme aquí, su nieto, ahora desvelando el secreto quizás más rocambolesco de la vida de mi abuelo, y por extensión, también de la de Jon. Y pretendo presentarlo a alguna productora de cine, no me negarán que la narración no es jugosa. Quién sabe… Con un poco de suerte me forro a costa ajena. Yo no soy como toda mi familia hubiera deseado, a la más mínima oportunidad me aprovecho de los demás, incluidos mis allegados. No tengo decencia alguna, siempre voy a lo mío.

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