Hormiguero hostigador

El chaval tenía angustia por su obesidad
y arrastraba una losa invisible.
¿Acaso no sabes lo terrible
que es el acoso en la escolaridad?

A un chulito le parecía un estorbo,
e instigó a los demás con su risa palpitante
a propinarle un merecido correctivo.

Los monstruos gritaban: ¡gordo! ¡gordo!
Y lanzaron un remolino de golpes jadeantes
y el chico tuvo un espasmo conclusivo.

Apenas se escuchó ese grito sordo,
como si fuera el de un león agonizante
entrando en un abismo opresivo.

El aula pasó de los vítores a un nerviosismo mudo,
desespero en retaguardia y quietud en el frente.
Esos monstruos tienen en el odio su nutriente,
es lo que moldea su espada y su escudo.

Una perla salada descendió por mi mejilla.
Aún guardo esa lágrima en una vitrina
para hacer vudú sobre muñecos de arcilla;
ojo por ojo, inquina por inquina.

Antes del fin

Encendí la tele mientras desayunaba,
las noticias de las siete eran devastadoras,
los rótulos de la pantalla titilaban,
se acabaría el mundo en 72 horas.

Querría regalar el honor de una infame raza,
querría pagar un sueldo con estupor,
querría una cantinela que me abrumara,
querría masticar riqueza con fruición.

Querría ataviarme de tendencias anticuadas,
querría alimentarme del ajeno temor,
querría comprarme un alma ilusionada,
querría jugar a ser presa de un cazador.

Antes de que el mundo llegara a su fin
haría una poda extenuante del espíritu crítico.
Antes de que el mundo llegara a su fin
pasaría por la guillotina a todo político.

El remanso de Gaia

Un día, un vial contaminado extinguió a los humanos. De éso hace 4 siglos, y la naturaleza se ha propagado. 

Las paredes del Coliseo intentan pasar página de un episodio duro. Ni los vetustos combates nacidos de la sangre y la angustia, ni la inmunda colmena humana que propagó la Gran Contaminación del siglo XXII, ni la posterior Insurrección contra las Máquinas, habían generado un impacto tan brutal en su esqueleto.

Un lento desmoronamiento ha apilado escombros y el silencio se ha consagrado de tal modo que, incluso las Pirámides se amilanan ante tal soledad, y parecen buscar, ansiosamente, el calor de las indolentes estrellas.

Las Esfinges escrutan la lejanía, tratando de obviar el aire polvoriento que abraza su melancolía, y que se arremolina tumultuoso junto a ellas.

La Estatua de la Libertad no es más que los vestigios de una estructura de metal, alambres desnudos luchando en vano contra el óxido, deseando que su reputación inmemorial quede irremisiblemente sepultada. 

Sin personas ni robots, Gaia por fin descansa.